Mensajes del Arzobispo - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

Gran Santa Cuaresma
Continuando con nuestra preparación para entrar a la Gran Santa Cuaresma, nuestro Señor Jesucristo nos enseña acerca del perdón y del ayuno (Mat.6:14-21).Hemos escuchado con mucha atención lo que nos dice el Señor:”Si Uds. perdonan a los demás sus faltas, el Padre que está en el Cielo también les...

... perdonará a Uds., pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a Uds.”

Estas palabras retumban por doquier en todo el mundo en el cual vivimos. Pero, ¿qué es lo que vemos una y otra vez, en el diario vivir? hay divorcios, enemistad entre hermanos de misma sangre, de misma etnia, de misma confesión de fé. Pregunto: ¿realmente tienen la misma confesión de fé? ¿cuál fé? ¿fé en Dios?, ó fé en el demonio que es el padre de la mentira, del engaño, del odio que todo lo destruye?

En este tiempo que nos ha tocado vivir, vemos cómo hay mayor agresividad, la falta de respeto por sus semejantes, y como consecuencia, la falta de perdón. ¿Porqué es que sucede esto? Sólo hay una sola respuesta a esta interrogante: “Carencia de amor”.

Pero esta carencia de amor empieza en la misma persona, es en ella misma que no se valora, no se estima, no se ama. Esto no quiere decir que se vuelva narcisista ególatra, porque también ello desemboca en carencia de amor y de perdón hacia los demás.
¿Qué pasa en esta clase de persona? Ha perdido dignidad de ser humano, de hijo de Dios. Se deja dominar por las pasiones negativas y su yo, siempre está pensando:” ¿porqué debo yo dar el primer paso para perdonar ó pedir perdón, que la otra persona lo haga primero, yo no me voy a humillar”.

Y como muy bien nos enseña nuestra Santa Madre Iglesia, contra el pecado capital de la soberbia, está la humildad, que es expresión de amor.

Así pues, son dos polos totalmente opuestos, uno negativo destructivo (la soberbia) y el otro positivo constructivo (la humildad). Estos dos están netamente reflejados, el primero, en Satanás que fué la causa de su perdición, y el segundo, Cristo que se humilló hasta la muerte y muerte de cruz, que lo hizo por amor, para nuestra salvación.

Entonces, mis queridos hijos é hijas espirituales, la realidad está aquí frente a nuestros ojos, nos toca saber decidir lo que queremos ser no solo en la vida temporal sino también en la vida eterna. Para el verdadero Cristiano no existen otras alternativas, sólo hay una: “El amor y el perdón”, de lo contrario sería un “cristiano” de etiqueta, con actitudes y obras de la oscuridad.

Nuestro Señor Jesucristo también nos habla del ayuno. Este se practicaba ya en el pueblo de la Ley es decir el hebreo, y que ayudaba al crecimiento espiritual. Pero el Señor no desea que nos quedemos en el ayuno de alimentos, sino que vayamos avanzando en el ayuno espiritual. Podemos decir que hay una diferencia entre uno y otro. Sí, es verdad que el primero ayuda pero que a la vez debe conducirnos al segundo y más importante de los dos. ¿Qué significa el ayuno espiritual? significa: renunciación de sí mismo, otra vez, no digo el anularse como persona, sino descargarnos de todo lo que es negativo, dañino, tóxico a nuestra alma y por ende a nuestro cuerpo, y por extensión a nuestro prójimo. Nuestra alma es, usando como ejemplo el vidrio del parabrisas de un auto, si vamos a conducir, primero tenemos que limpiarlo para poder tener una visión perfecta y evitar los obstáculos que se presenten en el camino, y lo más importante, no llegar a atropellar a alguna persona. Si no lo hiciéramos, cometeríamos pecado de negligencia y aún de asesinato. De la misma manera el ayuno espiritual nos ayuda a limpiar el parabrisas de nuestra alma y dejar brillar la luz que mora en nosotros iluminando a los demás.

Así el ayuno nos ayuda a perdonar, a saber amar no solo con el amor humano, más con el amor que recibimos de Dios y que lo proyectamos a nuestro prójimo, traducido en nuestras obras de caridad, de enseñanza, de sacrifico, de entrega total por el otro que es imagen de Dios.

Es por eso que es una necesidad primordial, vital, de estar permanentemente en comunión con nuestra Iglesia, en donde bebemos las aguas puras y cristalinas de su doctrina, de su Tradición y de los Santo Misterios, comunión con Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14:6), que por El es que tenemos las puertas abiertas del Paraíso.

De esta manera iremos acumulando tesoros en el cielo, en donde no habrá ladrón que nos lo robe, sino que compartiremos nuestras riquezas logradas desde aquí en la tierra, con nuestros hermanos que así también se hayan esforzado durante su vida terrenal, de amar y perdonar, siguiendo las divinas enseñanzas de nuestro gran maestro Jesucristo Señor y Dios.
Amén.
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