Festividades - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

La Santa Epifanía
La Santa Epifanía
En el desierto del río Jordán, como es sabido, había vivido siempre Juan el Precursor. Allí, cuando ya era un hombre adulto y después...
...de una revelación de Dios, bautizaba a la gente venida de todas partes y en particular de Jerusalén. Los bautizaba anunciándoles la palabra de Dios, que era palabra de arrepentimiento y de vuelta a Dios (Marc 3,1). El bautismo de Juan era un bautismo preparatorio para los bautizados, a fin de que reciban más adelante el mensaje y los mandamientos de Cristo. Por otra parte, muchas veces les decía a quienes iban a recibir el bautismo que aquel que ha de venir, es decir, Cristo, los bautizaría en Espíritu Santo (Marc 3,11). Desde el punto de vista práctico, podemos mencionar que aquellos que decidían bautizarse, mientras estaban en el agua, confesaban sus pecados (Marc 3,6).
El Señor fue al río Jordán para bautizarse, aunque no había cometido ningún pecado. Entonces ¿cuál es el sentido del bautismo de Cristo en el río Jordán por el Precursor? San Teofílacto observa que Cristo no tenía pecado alguno para arrepentirse, ni necesitaba al Espíritu Santo, ya que Él es la fuente de gracia. Podemos señalar que ontológicamente, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son un solo ser, cada una de las tres personas se encuentra dentro de la otra, al mismo tiempo y en todo lugar. No hay un desplazamiento entre ellas en el tiempo ni en el lugar. Son tres hipóstasis de un solo ser, debiéndose entender que hipóstasis significa “modo de ser”. Cristo fue al río Jordán para darse a conocer al pueblo. La primera aparición del Señor en público fue en el día de Su bautismo. El Precursor era la persona más indicada para presentarlo a las multitudes. “He aquí el cordero de Dios que carga con el pecado del mundo” (Jn 1,29) dijo, apenas vio a Cristo.
Además, durante el bautismo de Jesús la voz del Padre reveló la persona del Hijo, y el Espíritu Santo confirmó los dichos que, en efecto, que quien se estaba bautizando era el Hijo de Dios. Tenemos así una asombrosa revelación de la Santa Trinidad. San Gregorio Palamás escribe que en la recreación del ser humano en manos de Cristo, que es la nueva creación, participó toda la Santa Trinidad. El Padre desde el cielo anuncia “Este es mi hijo amado” (Marc 3,17), el Hijo está siendo bautizado, y el Espíritu Santo desciende “a modo de una paloma... sobre Él” (Marc 3,16). El humano es la única creatura que fue creada sobre el modelo de la Santa Trinidad; es el verdadero adorador de Dios Trinitario, su pariente más cercano. Para el ser humano se abren los cielos y se revela Dios.
Al salir de la pila bautismal de la Iglesia, tenemos encima, según San Juan Crisóstomo, “la idea de Cristo” es decir, el rostro de Cristo. Dicho de otra forma, somos como Cristo. Estamos colmados de los dones del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos ha dado las armas para combatir. Nos dio la fe para afrontar el desafío a Cristo, paciencia para tener firmeza frente a las tentaciones del diablo, a las angustias de la vida, a las amarguras por nuestros fracasos. Nos dio los dones de la esperanza para contemplar con valentía el futuro, etc. Todo ello tienen por finalidad, la de ganar a Cristo que es el reino de Dios. Los cristianos no son lentos, sino listos para el combate.
Además, con el bautismo de Cristo, el Precursor reveló Su persona. Eso mismo hace la Iglesia, revela a Cristo a los humanos. A aquellos que buscan al Señor y tienen en el corazón el deseo de encontrarlo, la Iglesia, como el Precursor, se los señala. Cristo se encuentra en los misterios de la Iglesia, en la oración, en la Biblia, en la homilía dominical, en la bendición mística de la Eucaristía, en el cumplimiento de los mandamientos, en el rostro de nuestro prójimo, de nuestro hermano.
El Señor tuvo la condescendencia de ser bautizado junto a los humanos que son siervos de Dios, para revelarnos Su persona. Así la Iglesia, y sólo ella, nos señala con seguridad quién es Cristo y cómo podemos ligarnos con Él. Encontrémoslo personalmente en nuestra comunión con la Iglesia para hallar la salvación.
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