Santos - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

San Willebaldo, Obispo de Eichstatt
San Willebaldo, Obispo de Eichstatt
Willebaldo nació alrededor del año 700, en el reino del occidente de Sajonia. Fue hijo de San Ricardo (7 de febrero) y por lo tanto, hermano de los santos Winebaldo y Walburga. A los tres años de edad, se desesperaba de que conservase la vida, porque había sido atacado por una gravísima enfermedad. Cuando todos los remedios naturales resultaron inútiles, sus padres le tendieron al pie de una gran cruz que se levantaba en un lugar público, vecino a la casa de la familia; ahí hicieron, ante Dios, la solemne promesa de que, si el niño vivía, le consagrarían a su divino servicio. La criatura quedó curada inmediatamente. Ricardo dejó a su hijo al cuidado del abad del monasterio de Waltham, en Hampshire. Willebaldo no volvió a salir de ahí, hasta el año de 720, cuando acompañó a su padre y su hermano en una peregrinación, como se relata en la vida de San Ricardo (7 de febrero).
En Roma, padeció de fiebre palúdica y, tras de permanecer algún tiempo en la ciudad, partió de nuevo con sus compañeros para visitar los Santos Lugares que Cristo había bendecido con su presencia mientras vivió en la tierra. El viaje comenzó con la travesía hasta Chipre y de ahí prosiguió hacia Siria. En Emesa (Homs) los sarracenos sospecharon que San Willebaldo era un espía y lo apresaron, junto con sus compañeros, pero al poco tiempo, todos fueron puestos en libertad, porque el magistrado dijo al quedar frente a ellos: “Con frecuencia he visto hombres de la parte de la tierra de donde éstos vienen a visitar nuestro país. Os aseguro que no tratan de hacernos ningún daño y sólo desean cumplir con sus leyes.” Después de aquella aventura, se fueron a Damasco y de ahí a Nazaret, Cana, el Monte Tabor, Tiberíades, Magdala, Cafarnaún, las fuentes del Jordán (donde Willebaldo advirtió que el ganado mayor era distinto al del Wessex, puesto que tenía “lomos muy largos, patas cortas, los cuernos largos y hacia arriba y eran todos de un solo color”), el desierto de la Tentación, Galgal y por fin, Jerusalén. Ahí se detuvo Willebaldo durante algún tiempo para venerar a Cristo en los lugares donde había obrado tan grandes misterios, y para ver las maravillas que hasta hoy se muestran a los piadosos peregrinos. También visitó famosos monasterios, “lauras” y ermitas, con el deseo de aprender e imitar las prácticas de la vida religiosa, a fin de adoptar los medios que le pareciesen más convenientes para la santificación de su alma. Luego de una corta permanencia en Belén, visitas a las ciudades de la costa, a Samaria, a Damasco y varias más a Jerusalén, se embarcó por fin, en Tiro, permaneció largo tiempo en Constantinopla y llegó a Italia antes de que terminara el año de 730.
Willebaldo decidió establecerse en el célebre monasterio de Monte Cassino, que acababa de ser reparado por órdenes del Papa San Gregorio II. El ejemplo del peregrino inglés contribuyó a reintegrar a los monjes en el espíritu original de su santa regla, durante los diez años que vivió ahí; a decir verdad, todo indica que Willebaldo desempeñó un papel muy importante en el restablecimiento de la observancia en Monte Cassino. Después de aquel período, estuvo de visita en Roma, donde fue recibido por el Papa San Gregorio III, quien se interesó en sus viajes y se sintió atraído por el carácter sencillo y apacible de Willebaldo y le pidió que fuese a Alemania para unirse a la misión de su compatriota San Bonifacio. Tan pronto como pudo, partió hacia Turingia donde el santo lo ordenó sacerdote. Desde aquel momento, emprendió su tarea en la región de Eichstátt, en Franconia, con tanto empeño, que el éxito más extraordinario coronó sus esfuerzos.
En vista de que no era menor su poder en las palabras que en las obras, poco después de haber llegado, San Bonifacio le consagró obispo y le puso a cargo de una nueva diócesis cuya sede se instaló en Eichstátt. El cultivo de un terreno espiritual tan árido como aquel, fue una tarea ardua y penosa para Willebaldo; pero su paciencia y su energía superaron todas las dificultades. Comenzó por fundar, en Heidenheim, un monasterio doble, cuya disciplina era la de Monte Cassino, y en el que su hermano, San Winebaldo, gobernaba a los monjes y su hermana, Santa Walburga, a las monjas. Aquel monasterio fue el centro desde el que se organizó y condujo el cuidado y la evangelización de la diócesis. En él, Willebaldo encontró refugio para descansar de los trabajos de su ministerio. Pero su deseo de soledad no menguaba la solicitud pastoral por su rebaño. Estaba siempre atento a todas sus necesidades espirituales; a menudo visitaba cada aldea e instruía a sus gentes con celo y caridad infatigables, hasta que aquel “campo tan árido e inculto, floreció pronto como una verdadera viña del Señor.” Willebaldo vivió más tiempo que su hermano y su hermana; gobernó a su rebaño durante unos cuarenta y cinco años, antes de que Dios le llamara a su seno. Innumerables milagros fueron los premios a su virtud, y su cuerpo fue sepultado en su catedral, donde yace todavía.

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