Santos - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

San Policarpo.
San Policarpo.
Policarpo tuvo la dicha de conocer y abrazar la fe de Nuestro Señor Jesucristo en su niñez, y fue instruido por los mismos Apóstoles, y en particular por San Juan Evangelista, que lo nombró después Obispo de Esmirna, cuidad de Asia Menor. Se cree que de él quien habla Nuestro Señor Jesucristo en el segundo capitulo del Apocalipsis, cuando dijo al Angel, esto es al Obispo de Esmirna: Yo sé que padeces, y que eres muy pobre; con todo eso era muy rico, porque eres objeto de la murmuración de aquellos que se llaman Judíos, y no los son, porque componen la sinagoga de Satanás; No temas por lo que tengas que padecer. Sé fiel hasta la muerte, que yo te daré la corona de vida.
Policarpo gobernó la Iglesia de Esmirna por espacio de setenta años. El resplandor de sus virtudes lo hacía ver como la cabeza y el primero de los Obispos de Asia; y era venerado por todos los fieles hasta tal punto, que ninguno permitía que se descalzase él mismo, apresurándose cada uno para hacer este servicio, por tener la dicha de tocarlo. Policarpo formo muchos discípulos, así como el mismo había sido formado por los Apóstoles. San Ireneo, Obispo de León de Francia, fue uno de ellos. "Tengo aun muy presente, dice este Santo, aquella gravedad de sus pasos, la majestad de sus semblantes, la pureza de su vida, y las santas exhortaciones, con que alimentaba a su pueblo. Me parece que le oigo decir como había conversado con San Juan, y con otros los que habían visto a Nuestro Señor Jesucristo, las palabras que habían oído, y las particularidades que les había enseñado de los milagros y de la doctrina de este divino Salvador. Todo lo que decía era muy conforme a las divinas Escritura, como referido por los que habían sido los testigos oculares del Verbo, y de la palabra de vida. "Su celo por la pureza de la fe era tal, según se refiere el mismo San Ireneo, que cuando se decía algún error en su presencia, se tapaba los oídos, y exclamaba: ¡Ah buen Dios! ¿Para que tiempo me has reservado?" Y huía inmediatamente.
Después del martirio de San Germánico, y de otros Mártires, irritado el pueblo de Esmirna, en el anfiteatro de la generosidad de aquellos Santos, comenzó a gritar: ¡Que se exterminen los impíos! ¡Que se busque a Policarpo! Habían ocultado al Santo Obispo en una casa de campo; pero los que lo buscaban descubrieron donde se hallaba. Estaba el Santo en un aposento alto, desde el cual hubiera podido salvarse; pero no quiso, y solamente prorrumpió en estas palabras: cúmplase la voluntad de Dios. Bajo inmediatamente donde estaban los soldados, que viendo su edad y su firmeza, no se atrevían a cumplir su misión. Mando que le preparen la cena, y les pidió una hora para orar en libertad. Habiéndola obtenido, lleno de la gracia de Dios, oró de pie por espacio de dos horas, por todos los conocidos en particular, y encomendó a Dios la Iglesia.
Así que llegaron a la ciudad, le presentaron al gobernador de la provincia, quien le pregunto si era Policarpo. Él respondió que sí. Este magistrado le exhortó a que renunciara a Nuestro Señor Jesucristo. Policarpo le contestó; "Ochenta y seis años que Le sirvo, y nunca me ha hecho mal alguno. ¿Cómo podré blasfemar contra mi Rey, que me ha salvado?" Continuaba el procónsul escuchándolo. "Pareces que disimulas conocerme, le dijo el Santo; pues yo té declaro, que Soy cristiano, si quieres instruirte en la doctrina de los cristianos, señálame el día para oírme, y te enseñaré. El procónsul le dijo: Persuádeselo al pueblo. Policarpo le replicó; Por lo que te toca es justo responderte: Porque hemos aprendido a respetar a los magistrados, y a tributar a las potestades, establecidas por Dios, el debido honor. Pues mira a esta gente que no merece que yo me justifique en su presencia. "El procónsul le amenazó que lo echaría a las fieras. La respuesta de San Policarpo fue que a el le seria más ventajoso pasar de los suplicios a la perfecta justicia. Pues ya que no temes a las fieras, dijo el procónsul, mandare que te quemen vivo, si no obedeces. El Santo le respondió; "Me amenazas con un fuego que se apaga en un momento, porque no conoces el fuego eterno que esta reservado a los impíos. ¿Pero qué es lo que te detiene? Hazme sufrir lo que quieras." Irritado el procónsul, lo condeno a ser quemado vivo.
El mismo Policarpo se desnudó, y queriéndole atar a un poste, dijo: "Dejadme así; el que me da la fuerza para sufrir el fuego, me hará la gracia de que permanezca inmóvil sobre la hoguera, sin necesidad de los clavos." Se contentaron, pues, con atarle las manos atrás. Puesto de este modo, levanto los ojos al cielo, dio gracia a la Santísima Trinidad de la dicha que tenía de ser uno de los Mártires por Nuestro Señor Jesucristo, le suplicó la gracia de ser recibido como una víctima de agradable honor.
Acabada su oración, encendieron el fuego; pero por un maravilloso milagro, en lugar de consumir las llamas al Santo Mártir, lo rodearon formando como una bóveda o un pabellón, y su cuerpo exhalaba un olor parecido al de los perfumes más delicados. Irritados más todavía los paganos por este milagro, lo partieron con una espada. De la herida había salido tanta sangre, que apagó el fuego. De esta manera terminó San Policarpo su vida y su sacrificio.

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