Santos - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

Santos Trófimo y Eucarpo, Mártires
Santos Trófimo y Eucarpo, Mártires
En el tiempo en que Diocleciano hacía revivir la persecución en Nicomedia, los cristianos eran arrojados a las cárceles, sometidos a interrogatorios y entregados a diversos géneros de suplicio. Si persistían en confesar a Jesucristo, eran llevados a la muerte.
Entre los perseguidores se distinguían dos soldados bravucones, llamados Trófimo y Eucarpo. Eran enemigos jurados del nombre cristiano y arrojaban sin piedad a la prisión a cuantos se declaraban discípulos de Jesucristo. Como tenían poder sin límites, atormentaban a unos y soltaban a otros a su antojo.
Un día que iban a la caza de nuevas víctimas, vieron que una luz descendía del cielo y los rodeaba. Al mismo tiempo escucharon una voz que decía: "¿A qué tanta prisa en amenazar a mis servidores? No os equivoquéis, nadie puede vencer a los que creen en mí. Os anuncio que el perseguidor que se ponga de su parte, ganará el reino de los cielos." A estas palabras, los audaces enemigos de los cristianos cayeron casi sin sentido y no podían hacer otra cosa que repetir estas palabras: "Es verdaderamente grande el Dios que se nos ha aparecido y estamos dispuestos a convertirnos en sus servidores." Se hizo oír otra voz entonces: "Levantaos, dijo, vuestros pecados os son perdonados." Se levantaron y, en medio de la nube se les mostró un personaje vestido de blanco y rodeado por un cortejo numeroso. Entonces gritaron llenos de estupor: ¡Recíbenos, aunque hayamos pecado tanto! ¡Nos hemos portado como insensatos, ya que os combatíamos a vos y a vuestros servidores!" La nube se elevó por el aire.
En seguida, los dos soldados convertidos soltaron a todos los cristianos que tenían prisioneros, los abrazaron como a hermanos y los invitaron a volver a sus casas.
Cuando el prefecto supo estas noticias, montó en cólera, hizo comparecer ante su tribunal a Trófimo y Eucarpo, quienes relataron su visión. Entonces ordenó que los extendieran en el potro y que destrozaran sus cuerpos con garfios de hierro. En medio de sus tormentos los dos soldados rezaban. El prefecto ordenó que se preparara un gran fuego para quemarlos. Así consiguieron estos dos soldados la palma del martirio.
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