Santos - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

Santas Agape, Quionia e Irene, Vírgenes y Mártires
El año 303, el emperador Diocleciano publicó un decreto que condenaba a la pena de muerte a quienes poseyesen o guardasen una parte cualquiera de la Sagrada Escritura. En aquella época vivían en Tesalónica de Macedonia tres hermanas cristianas, Ágape, Quionia e Irene, hijas de padres paganos, que poseían varios volúmenes de la Sagrada Escritura. Tan bien escondidos los tenían, que los guardias no los descubrieron sino hasta el año siguiente, después de que las tres hermanas habían sido arrestadas por otra razón.
Dulcicio presidió el tribunal, sentado en su trono de gobernador. Su secretario, Artemiso, leyó la hoja de acusaciones, redactada por el procurador. El contenido era el siguiente: “El pensionario Casandro saluda a Dulcicio, gobernador de Macedonia, y envía a su Alteza seis cristianas y un cristiano que se rehusaron a comer la carne ofrecida a los dioses. Sus nombres son: Agape, Quionia, Irene, Casia, Felipa y Eutiquia. El cristiano se llama Agatón.”
El juez dijo a las mujeres: “¿Estáis locas? ¿Cómo se os ha metido en la cabeza desobedecer al mandato del emperador?” Después, volviéndose hacia Agatón, le preguntó: “¿Por qué te niegas a comer la carne ofrecida a los dioses, como lo hacen los otros súbditos del emperador?” “Porque soy cristiano, replicó Agatón. “¿Estás decidido a seguir siéndolo?” “Sí.” Entonces, Dulcicio interrogó a Ágape sobre sus convicciones religiosas. Su respuesta fue: “Creo en Dios y no estoy dispuesta a renunciar al mérito de mi vida pasada, cometiendo una mala acción.” “Y tú, Quionia, ¿qué respondes?” “Que creo en Dios y por consiguiente no puedo obedecer al emperador.” A la pregunta de por qué no obedecía al edicto imperial, Irene respondió: “Porque no quiero ofender a Dios.” “¿Y tú, Casia?,” preguntó el juez. “Porque deseo salvar mi alma. “¿De modo que no estás dispuesta a comer la carne ofrecida a los dioses?” “¡No!” Felipa declaró que estaba dispuesta a morir antes que obedecer. Lo mismo dijo Eutiquia, una viuda que pronto iba a ser madre. Por esta razón, el juez mandó que la condujesen de nuevo a la prisión y siguió interrogando a sus compañeros: “Agape, preguntó, ¿has cambiado de decisión? ¿Estás dispuesta a hacer lo que hacemos quienes obedecemos al emperador?” “No tengo derecho a obedecer al demonio,” replicó la mártir; todo lo que digas no me hará cambiar.” “¿Cuál es tu última decisión, Quionia?,” prosiguió el juez. “La misma de antes.” “¿No poseéis ningún libro o escrito referente a vuestra impía religión?” “No. El emperador nos los ha arrebatado todos.” A la pregunta del juez de quién las había convertido al cristianismo, Quionia respondió simplemente: “Nuestro Señor Jesucristo.”
Entonces Dulcicio dictó la sentencia: “Condeno a Ágape y a Quionia a ser quemadas vivas por haber procedido deliberada y obstinadamente contra los edictos de nuestros divinos emperadores y cesares y porque se niegan a renunciar a la falsa religión cristiana, aborrecida por todas las personas piadosas. En cuanto a los otros cuatro, los condeno a permanecer prisioneros hasta que yo lo juzgue conveniente.”
Después del martirio de sus hermanas mayores, Irene compareció de nuevo ante el gobernador, quien le dijo: “Ahora se ha descubierto vuestra superchería; cuando te mostramos los libros, pergaminos y escritos referentes a la impía religión cristiana, tuviste que reconocer que eran tuyos, aunque antes habías negado los hechos. Sin embargo, a pesar de tus crímenes, estoy dispuesto a perdonarte, con tal de que adores a los dioses... ¿Estás dispuesta a hacerlo?” “No,” replicó Irene, “pues con ello correría peligro de caer en el infierno.” “¿Quién te aconsejó que ocultaras esos libros y escritos tanto tiempo?” “Nadie me lo aconsejó fuera de Dios, pues ni siquiera lo dijimos a nuestros criados para que no nos denunciaran.” “¿Dónde os escondisteis el año pasado, cuando se publicó el edicto imperial?” “Donde Dios quiso: en la montaña.” “¿Con quién vivíais?” “Al aire libre; a veces en un sitio, a veces en otro.” “¿Quién os alimentaba?” “Dios, que alimenta a todos los seres vivientes.” “¿Vuestro padre estaba al corriente?” No, ni siquiera lo sospechaba.” “¿Quién de vuestros vecinos estaba al tanto?” “Manda preguntar a los vecinos.” “Cuando volvisteis de las montañas, ¿leísteis esos libros a alguien?” “Los libros estaban escondidos y no nos atrevíamos a sacarlos; eso nos angustiaba, pues no podíamos leerlos día y noche, como estábamos acostumbradas a hacerlo.”
La sentencia que dictó el gobernador contra Irene fue más cruel que la pena impuesta a sus hermanas. Dulcicio declaró que Irene había incurrido también en la pena de muerte por haber guardado los libros sagrados, pero que sus sufrimientos serían más prolongados. En seguida ordenó que la llevasen desnuda a una casa de vicio y que los guardias vigilasen las puertas. Como el cielo protegió la virtud de la joven, el gobernador la mandó matar. Las actas afirman que pereció en la hoguera, obligada a arrojarse ella misma a las llamas. Esto es muy poco probable y algunas versiones posteriores dicen que murió con la garganta atravesada por una flecha.
Ante el ejemplo de estas mujeres que prefirieron morir antes que entregar la Sagrada Escritura y, ante el ejemplo de los monjes que pasaron su vida más tarde en copiar e iluminar los Evangelios, se impone un examen del aprecio en que tenemos la Palabra de Dios. Irene y sus hermanas se angustiaban de no poder leer la Sagrada Escritura día y noche. Muchos de nosotros no la leemos cada día, a pesar de que tenemos la oportunidad de hacerlo. La historia de Ágape, Quionia e Irene es una lección saludable.

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