Santos - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

San Santiago el Apóstol
San Santiago el Apóstol
Jacobo, hermano del Señor y Apóstol divino, fue el primer obispo de Jerusalén. Provenía de Judea y fue hijo de San José el Desposado. No había nadie tan fervoroso de piedad y dulce en virtudes como Jacobo el Justo, el cual vivió de acuerdo a su apelativo en forma plena y merecidamente fue llamado hermano de Cristo. Como se ha dicho, él fue uno de los hijos de José con su primera esposa, Salomé. Siendo anciano y viudo, José fue desposado a la Virgen Maria, qué era virgen antes y después del nacimiento de Su Hijo. Jacobo, que era Santo desde su nacimiento, se llamó primero Joblián, que en lengua hebrea significa "justo," porque incluso de niño mostró tener control sobre todos sus sentidos y miembros, lo cual era realmente extraordinario. Sus ojos se dirigían sólo a cosas buenas y le fue concedida la misericordia Divina. Sus oídos se abrían a las lecturas salvadoras del alma y su boca se regocijaba con la ley. Su mano derecha siempre estaba dispuesta para dar una limosna y sentía simpatía por todos. Controlaba su apetito y no usaba nada superfluo o innecesario. En toda su vida no consumió nada viviente, o sea, carne, pescado o crustáceos. Nunca bebió vino, sólo agua para aplacar su sed. Subsistía con pan y lágrimas. Por sus postraciones, sus rodillas estaban desgarradas hasta los huesos y su apariencia corporal revelaba un extremo escepticismo. Usaba una camisa de crin, pero se ponía una túnica de lino cuando entraba al Santuario. Oraba y trabajaba incansablemente. Era querido tanto por parientes como por amigos, y los extranjeros y los que venían de lejos lo veneraban por sus virtudes. Entre éstos no solamente había devotos, sino paganos inclusive, quienes le tenían gran estimación.
Jacobo, el justo, fue el primer escogido por nuestro Salvador y los Apóstoles para el episcopado de la Iglesia de Jerusalén. Estaba adornado con todas las virtudes, pero tenía dos de ellas en especial: era capaz de guiar a los hombres hacia la perfección tanto en la teoría como en la práctica. Era tanto humilde como moderado. Su nombre lo decía: "Jacobo, siervo de Dios y el Señor Jesucristo." De su propia experiencia personal comprendió la paciencia que deriva de las aflicciones y alentaba a los demás con estas palabras: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando cayereis en diversas pruebas... Bienaventurado es el varón que sufre la tentación; porque cuando fuera probado, recibirá la corona de vida" (Jac. 12:2, 12).
Corregía a aquellos que decían que el pecado es natural, declarando así que Dios es autor del mal. Como un médico sobresaliente, curaba a estos insensatos con estas palabras: "Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; si no que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido" (Jac. 1:13-14). Les enseñaba que Dios no era la causa de las enfermedades del hombre y les prevenía que reconocieran su propia indolencia y debilidad, fueran humildes y pidieran perdón. También decía que sin la gracia Divina, somos incapaces de hacer una sola buena cosa, porque "toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces" (Jac. 1:17). Instaba a todos a dar limosnas a los necesitados, para poder encontrar misericordia del juez a la hora del juicio, y señalaba: "Porque juicio sin misericordia se hará con aquél que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio" (Jac. 2:13). El justo decía también que la fe sola no beneficia a aquellos que no guardan los mandamientos de Dios; porque sin obras, éstos son considerados muertos, igual como si el cuerpo estuviese muerto y exánime sin alma. Sobre este punto, señala: "¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?" (Jac. 2:20). También enseñaba a los hombres a refrenar las palabras, y a no proferir mentiras, palabrerías, insultos o juicios, pero muy especialmente a apartarse del falso testimonio, el cual es muy dañino para el alma. En realidad, no solamente debe proferirse esta clase de perjurios, sino tampoco siquiera enjuiciamientos verdaderos. Los hombre no deben jurar por el cielo ni por la tierra ni por ninguna cosa creada. Estas y muchas otras dulces enseñanzas salían de boca del Apóstol Jacobo, jerarca y hermano de nuestro Señor, las que se encuentran en su epístola.
Todos los Apóstoles veneraban a Jacobo y consideraban su palabra como ley. Su opinión prevaleció en varias situaciones en los Hechos de los Apóstoles, como en el asunto de si era o no necesario circuncidar a los gentiles. Cuando los Apóstoles y ancianos se reunieron para discutir sobre este asunto, Jacobo les respondió, una vez que hubieron hablado Pedro, Pablo y Bernabé, diciendo: "Por lo cual yo juzgo, que los que de los gentiles se convierten a Dios, no han de ser inquietados; sino escribirles que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre" (Hechos 15:19-20). Su voz y su voto tenían validez, porque los Apóstoles lo veneraban por encima de todos. Para demostrar aún más su preeminencia entre ellos, San Pablo fue con los demás Apóstoles a ver a Jacobo, cuando los ancianos estaban presentes, con el fin de declarar las cosas que Dios había obrado entre los gentiles a través de su ministerio; y luego glorificaron a Dios.
Sólo a Santigo, el Justo, se le permitió ingresar al lugar sagrado y entró solo al santuario. Según Hegesípo, al santuario podían entrar solamente los sacerdotes del linaje de Aarón, aunque se concedieron también privilegios sacerdotales a los nazarenos. A menudo lo encontraron arrodillado, ofreciendo súplicas por el perdón de la gente, especialmente de aquellos que estaban bajo la ley de Moisés; sus rodillas tenían callos como los camellos. El extraordinario Jacobo contaba realmente con el alto favor de Dios por la conducta de su vida.
Sin embargo, unos miembros de una de las sectas herejes de los judíos en una ocasión se atrevieron, por instigación de Ananías, el sumo sacerdote, a rodear a Jacobo para pedirle que renunciara a su fe en Cristo. Los enemigos de Cristo le preguntaron: "Dinos, oh Justo, ¿qué significa la "puerta de Jesús?" él replicó: "Esto es Jesucristo, el Hijo de Dios, de una sola esencia con el Padre." Por cierto, algunos llegaron a creer únicamente gracias a Jacobo y aceptaron sus justas palabras de la verdad. Algunos de diversas sectas estaban en su contra; sin embargo, y lo consideraban engañado; porque ellos no creían en la resurrección ni que todos fueran a recibir una recompensa por sus acciones. Por eso, se produjo un gran murmullo entre los fariseos y escribas, quienes estaban convencidos de que había el peligro de que todo el mundo creeria en Cristo. Entonces fueron donde Jacobo y le dijeron: "Te rogamos, oh Justo, que enseñes a la gente, porque ellos se ha apartado del camino y creen en Jesús diciendo que él es Cristo. Por eso, en la fiesta de Pascua, cuando todos se hayan reunido, convéncelos de que no sean engañados por un simple hombre. Te imploramos, sé bueno para hacer esto, porque todos reconocemos que eres un hombre justo e imparcial. Por eso, te rogamos que asciendas al parapeto del templo, donde la gente te vea fácilmente y escuche tus justas palabras, para que los instruyas."
En la fiesta de Pascua, todas las tribus se reunieron, habiendo incluso cristianos allí. Fue entonces que los desvergonzados embusteros, creyendo que Jacobo compartía sus creencias, lo hicieron parar sobre el parapeto del templo y para que todos los presentes escucharan, gritaron en voz alta: "Como todos te aceptamos, oh justo, dinos: ¿Qué opinas tú de Jesús, que fue crucificado por Pilatos y después del cual la gente se ha apartado del camino, pensando que él es Cristo, creyendo incluso que él es Dios? ¡Acláranos ésto y proclama la verdad!" Cuando llegó el momento de decir la verdad en contra de los falsos, Jacobo no retrocedió de miedo ante la muerte ni negó la verdad, sino que más bien, contrariamente a las expectativas de aquellos, levantó la voz y con un espontáneo espíritu y palabra, replicó:
"¿Por qué me preguntáis sobre Jesús? El está sentado en el cielo a la derecha de su Padre con los poderes celestiales, y vendrá nuevamente sobre las nubes del cielo para juzgar al mundo con justicia." Al testimoniar ésto, muchos se convencieron y exclamaron: "¡Hosanna al Hijo de David!" Pero los obcecados fariseos y escribas se quejaron de que ellos habían permitido a Jacobo dirigirse a esta audiencia, porque éste no había dado la respuesta que esperaban. Llenos de cólera, se dirigieron a la multitud diciendo: "¡Hasta el justo se ha apartado del camino.. Después subieron al parapeto y lo agarraron como bestias salvajes, arrojándolo hasta el suelo; pero el bendito no expiró. Entonces comenzaron a apedrearlo; éste recibió las piedras con tranquilidad, como si fuera un precioso tesoro, se arrodilló y oró: "Señor Dios y Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."
¡Oh alma bendita! ¡Oh maravillosa humildad! Estas fueron las auténticas palabras pronunciadas tanto por el Maestro en la cruz como por el largamente sufrido protomártir Esteban. Así también oró Jacobo, el puro hermano del Señor, por sus despiadados asesinos. a pesar que algunos lograron oírle rezar por ellos, los ingratos no tuvieron respeto por su clemencia y siguieron arrojándole piedras. Uno de los descendientes de Recab, el hijo de Racabim, de la casta sacerdotal, exclamó: "¡Basta! Malvados, ¿qué estáis haciendo?" ¡El justo está rezando por nosotros, injustos como somos y que lo apedreamos!" Entonces uno de los atacantes tomó un garrote de batán, que se usa para golpear sobre tela, y golpeó a Jacobo fuertemente sobre la cabeza, a lo cual el justo entregó su espíritu. Lo enterraron cerca del santuario. A su muerte, como obispo fue designado Simeón, el hijo de su tío Cleopas, porque éste era primo del Señor y debido a un deseo unánime de que debía ser el próximo.
Había algunos judíos compasivos y justos que secretamente enviaron una carta sobre esta impía muerte al tetrarca Agripa, que era sucesor de Herodes. En la carta, ellos pedían que ordenara a Ananías que nunca más convocara a concilio sin la autorización de ellos. El rey Agripa había nombrado a éste como sumo sacerdote, pero no estuvo en el puesto más de tres meses, cuando fue reemplazado por otro, Jeshua ben Dammeo.
Después del descanso de Jacobo, muchos judíos consideraron que las calamidades que sobrevino a ellos fueron la retribución por la vil muerte de ese justo hombre; porque en el año 67 d.C. Vespasiano tomó por asalto Jerusalén. De esta forma se concluye esta narración, porque Josefo registró los hechos posteriores en sus escritos.
Por eso, mediante las oraciones de Jacobo, Apóstol, jerarca, justo, mártir y hermano del Señor, cuya alma estaba adornada de toda virtud, oh Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de nosotros.


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